Walt Whitman

 

 

 

Yo mismo me celebro y a mí mismo me canto;

y mis pretensiones serán las tuyas,

pues cada átomo mío también te pertenece.

 

Jamás existió otro comienzo que éste de ahora,

ni más juventud ni vejez que la de hoy;

y jamás existirá otra perfección que la de ahora,

ni otro paraíso ni otro infierno que éste de hoy.

 

Límpida y amorosa es mi alma,

y limpio y amante es todo

cuanto nada tiene de mi alma.

 

Si uno falta, ambos están ausentes,

y lo invisible queda demostrado por lo visible,

hasta que lo visible se torne invisible y,

a su vez lo compruebe.

 

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Un niño preguntó: “¿Qué es la hierba?”.  Mostrándoseme con sus manos colmadas;

¿Qué podía responderle? Yo ignoro, como él, qué es la hierba.

 

Supongo que debe ser la bandera de mi índole,

urdida con la verde sustancia de la esperanza.

O bien barrunto que es el pañuelo del señor,

fragante presente abandonado adrede como un recuerdo.

Quizá el nombre del dueño aparece en uno de sus ángulos

para que, viéndolo, nos preguntemos ¿De quién es?

O bien adivino que la hierba misma es un niño,

La tierna criatura nacida de la vegetación.

Y ahora la hierba me parece que es la hermosa cabellera

intensa que cubre las sepulturas.

Esta hierba es demasiado oscura para provenir

de las blancas cabezas de las ancianas madres;

más oscura que las descoloridas barbas de los ancianos;

oscura para provenir del borde

tiernamente rojo de los labios.

 

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El pequeño duerme en su cuna;

entreabro el cendal y lo contemplo largo rato,

y silencioso auyento las moscas con mi mano.

El suicida yace despatarrado

sobre el ensangrentado suelo de la alcoba.

Contemplo el cadáver con su enmarañada cabellera

y observo donde ha caído la pistola.

 

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Ella posee la hermosa casa

que se levanta en lo alto de la costa;

elegante y ricamente ataviada,

espía detrás de las persianas.

 

¿Cuál de los muchachos le agrada más?

¡Ah! El más rústico de todos

es hermoso para ella.

 

¿Hacia donde acudes señora?

Porque yo te veo,

chapoteas con ellos en el agua,

y, sin embargo permaneces

retraída en tu cuarto.

 

Bailando y riendo, a lo largo de la playa

llega ésta que es la vigesimonovena bañista;

los muchachos empero, no ven a la dama,

si bien ella los ve y los ama.

 

Barbas de los mancebos, relucen empapadas,

y el agua chorrea por sus largos cabellos;

hilillos de agua se deslizan por sus cuerpos.

Una mano invisible se desliza también

por encima de sus cuerpos,

 

y temblorosa desciende de sus sienes

y a lo largo de sus torsos.

Los muchachos nadan de espaldas,

los blancos vientres se entregan al sol,

 

no preguntan quien los abraza;

ignoran quien suspira

y sobre ellos se inclina pendiente

y combada como un arco;

ni saben a quién salpican cuando se zambullen.

 

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Yo soy el poeta de la mujer, así como el del hombre;

y digo que es tan grande ser una mujer como ser un hombre;

y digo que no hay nada más grande como ser madre de hombres.

 

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Magnificencia del sol, yo no necesito de tu calor,

¡Quédate allá arriba!

Tú sólo iluminas las superficies, yo violo (penetro) las superficies

y  también las profundidades.

 

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¡Hombre o mujer!

Yo quisiera expresar cuánto te amo,

pero no puedo;

y quisiera expresar

lo que hay en mí

y lo que en vosotros se oculta.

Pero no puedo;

y quisiera expresar

este sufrimiento, este palpitar

de mis días, y de mis noches.

 

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No me importa quién eres,

para mí eso carece de importancia;

no importa lo que hagas o lo que seas,

yo te abrazo.

 

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Hacia el moribundo acudo,

haciendo girar el picaporte,

arrojo las mantas al pie del lecho;

y al sacerdote y al médico

los mando a sus casas,

 

cojo al hombre moribundo,

levantándolo con voluntad irresistible;

¡Oh desesperado! ¡Aquí esta mi cuello!

¡Por Dios que no te marcharás!

¡Suspéndete a mí con todas tus fuerzas!

 

Yo te insuflo un aliento poderoso,

yo te levanto;

todas las instancias de la casa

las colomo yo con mi pujante fuerza;

los que me aman,

se burlan de las sepulturas.

 

¡Duerme! Yo y ellos

velaremos toda la noche;

ni la duda, ni la enfermedad

osarán poner sobre ti un dedo;

yo te he abrazado

y de aquí en adelante tú serás mío;

y mañana cuando despiertes,

verás que es verdad, cuanto te digo.

 

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Yo he dicho que el alma no es más que el cuerpo,

y he dicho que el cuerpo no es más que el alma;

y que nada, ni siquiera Dios, es más grande

para cualquiera que una partícula de sí mismo.

 

y que cualquiera que marche,

un kilómetro sin simpatía,

avanza hacia sus funerales,

cubierto con su mortaja,

 

y que tú o yo,

sin un céntimo en el bolsillo,

podemos adquirir lo mejor

que en ésta tierra existe.

 

Y que mirar con un solo ojo,

o mostrar una habichuela en su vaina,

confunde la sabiduría de todos los tiempos.

Y que no existe trabajo o empleo,

que siguiéndolo un hombre joven,

a la postre no lo convierta en un héroe.

 

Y que no hay objeto, por frágil que sea,

que no sirva de eje,

para la rueda del universo.

 

Y yo le digo a todo hombre y a toda mujer

que tu alma se mantenga serena y tranquila

ante un millón de universos.

Y yo le digo a la humanidad,

No te muestres curioso en cuanto a Dios.

 

¿Por qué he de pretender

que Dios sea mejor que este día?

Algunas veces veo a Dios,

en cada una de las veinticuatro horas del día

y también en cada instante;

en los rostros de los hombres y de las mujeres

veo a Dios, y en mi propio rostro,

cuando me contemplo en el espejo.

Encuentro cartas de Dios,

abandonadas en las calles,

y cada una lleva la firma

con el nombre de Dios

y yo las dejo donde están,

porque sé que en cualquier lugar

donde yo vaya,

con la misma puntualidad,

otras cartas, llegarán y llegarán.

 

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Me entrego al barro,

para renacer en la hierba amada,

si todavía me amas

búscame bajo las suelas de tus zapatos.

 

Si tú no me alcanzas con el primer golpe

¡ Anímate !

Si tú no me encuentras en un lugar,

¡ Búscame en otro !

He hecho alto en alguna parte,

para esperarte.

 

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